MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO, HISTORIADOR DE LA TRADUCCIÓN

JOSÉ FRANCISCO RUIZ CASANOVA
UNIVERSITAT POMPEU FABRA


No se ponderará nunca lo suficiente la deuda que las letras españolas tienen respecto de la obra de Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). El santanderino fue víctima involuntaria de una concepción de la historia de la literatura española que, sobre todo a partir de la década de 1960, al amparo —en ocasiones— de los accesos febriles de la teoría y de una práctica microtextual y microscópica, sustituyó el estudio de la historia y de los métodos de la lección humanista por una abigarrada, contradictoria y efímera secuencia de formulaciones con vocación críptica y nulo interés, en definitiva, por la literatura. De todos modos, ninguna defensa precisa, en este ni en ningún otro sentido, obra tan extensa y rigurosísima, que se alza como una insondable enciclopedia literaria y que le ocupó casi cuarenta años de escritura a su autor.

La formación de Marcelino Menéndez Pelayo y su posterior disciplina personal, puestas al servicio de una necesidad —humana y con ciertos rasgos románticos— de saber, fueron determinantes tanto de la variedad como de la calidad y cantidad de sus trabajos filológicos: estudios literarios, ediciones, antologías, traducciones, repertorios bibliográficos, monografías temáticas, etc. Si algo, por encima de la justicia o no de sus opiniones críticas, debe valorarse en Menéndez Pelayo es, creo ahora, que tan bien aprendiera el ejemplo del Humanismo, en cuanto a la exigencia de conocimientos contrastados se refiere y en cuanto —también— a su respeto y gusto por las letras, por la lectura de las obras de los demás. No siempre ocurre esto en nuestros días, incluso en significativas obras de erudición que inconscientemente (quiero creer) dejan escapar un mohín de fastidio —cuando no de desprecio— hacia la materia estudiada. Por no hablar ahora de la calidad literaria —sí, calidad literaria— de los textos ensayísticos en el ámbito de la Filología, cuestión ésta que parece no preocupar en absoluto a un número de autores siempre mayor del que sería deseable.

Menéndez Pelayo partió, para lo que sería el conjunto de sus futuros trabajos, de una raíz incuestionable y que no es otra que un modelo pedagógico que señalaba como esencial el conocimiento de la literatura clásica griega y latina, su lectura, estudio y traducción. Entre 1873 y 1878, principalmente, pero en realidad a lo largo de toda su vida, dedicó intensa atención a dichas literaturas, tanto como origen y principal fuente de la peninsular como en cuanto a corpus estético que fue trasladado, glosado, imitado y estudiado por los mejores escritores españoles, desde la Edad Media hasta finales del siglo XIX. Del trabajo sobre catálogos de bibliotecas públicas y privadas, rastreo de manuscritos y obras impresas, así como de su temprana relación con eruditos y autores hispanoamericanos, fue levantando nuestro autor unos sólidos cimientos para sus trabajos y un legado cultural que, todavía hoy, es fuente de documentación de primer orden para nuestras investigaciones. Quisiera destacar aquí, en estas breves líneas, dos de sus obras, Horacio en España (1877, 2ª ed.: 1885) y su Biblioteca de traductores españoles, proyecto éste que —como se verá— siempre quiso editar aun cuando, como libro, no aparecería hasta 1952-1953 como parte integrante de la Edición Nacional de las Obras Completas de Menéndez Pelayo llevada a cabo por el CSIC; y hago este distingo sin pretender destacar estos títulos por encima de otros, tan importantes para la materia que nos ocupa, como la Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882), la Historia de las ideas estéticas (1883-1891) o la Bibliografía hispano-latina clásica (1902).

En su Horacio en España (1877), que sigo por su segunda edición, ocupa algo más de una página el texto en que el autor justifica su trabajo y, en definitiva, el libro. Me permito citarla aquí íntegramente:

«Doliéndome de que nuestra literatura careciese aún de una Biblioteca de traductores, dejado aparte el ligerísimo ensayo de Pellicer, y perdidos o ignorados los posteriores del P. Bartolomé Pou, de Capmany y de D.Eustaquio Fernández de Navarrete, determiné, tiempo ha, llenar este vacío en cuanto mis fuerzas alcanzasen, y tras investigaciones asiduas, no siempre desgraciadas, llegué a reunir un buen número de materiales; en cuya ordenación y crítica me he ocupado y ocupo todavía, hallándome muy próximo a terminar este trabajo, de no leve empeño, aunque de mérito poco o ninguno. Por acomodarme al uso general de los bibliógrafos y facilitar el manejo de esta obra, más propia para consulta que para lectura seguida, adopté el orden alfabético de traductores, sin perjuicio de agruparlos por lenguas, autores interpretados, etc., etc., en índices finales. Y como no a todos agradan la disposición y árido estilo de los libros bibliográficos, pensé que no sería inútil el formar con los datos mismos de la Biblioteca, o con parte de ellos a lo menos, una serie de monografías en que por modo más fácil y ameno, en cuanto a la materia y el pobre ingenio del autor lo consienten, se diese cuenta de todas o la mayor parte de las traducciones de cada autor o grupo de autores, v.gr., Homero, los trágicos griegos, los líricos, los historiadores, Aristóteles, Lucrecio, los elegiacos latinos, Virgilio, Horacio, Ovidio, et sic de caeteris, ilustrando la materia con citas y cotejos, y apuntando las noticias más curiosas que con los traductores se rozasen, para que de tal suerte quedase ilustrada en buena parte la historia de los estudios clásicos en nuestro suelo, materia sobrado importante que me propongo dilucidar, una vez recogidos todos los datos indispensables para tal intento.»


Este texto debería ser considerado, al menos en parte, el prólogo natural de la Biblioteca de traductores españoles de Menéndez Pelayo, heredero directo de aquel otro con el que Juan Antonio Pellicer y Saforcada (1738-1806) introducía su Ensayo de una bibliotheca de traductores españoles (1778):

«Está ya tan ilustrado el Público, que pensaría yo ofenderle si le acordase que la Historia Literaria y el uso de las Bibliothecas es provechoso y aun necesario; pues por este medio se adquiere la noticia de los buenos y selectos libros que facilitan los progresos en las ciencias, y abren el camino para la verdadera erudición; por él se aprende a juzgar rectamente de los Autores y sus obras, a discernir las legítimas de las supuestas, las estimables de las que no merecen estimación alguna; y por él tiene el lector conocimiento de los tratados y materias más importantes y apreciables.»


Pero, además, en las palabras del autor santanderino está el germen de una vía de estudio muy pródiga en el siglo XX y que, desde perspectivas diversas, formatos muy distintos e intención dispar, da cuenta de lo que hemos venido llamando en los últimos años recepción: lectura de autores de otras lenguas, estudio de su vida y sus obras, influencia de éstas en las obras de nuestros escritores o en el canon literario, traducciones, imitaciones, citas más o menos explícitas, glosas, plagios, etc. George Steiner, para quien “todo acto de recepción de una forma dotada de significado, en el lenguaje, en el arte o en la música, es comparativo”, quizá peque de aventurado o conceda demasiada centralidad a sus referentes germánicos, anglosajones y galos cuando asegura que el Goethe in France (1904), de Fernand Baldensperger, es “uno de los primerísimos libros de literatura comparada moderno, escrito con plena conciencia de serlo”. No se trata aquí de defender, innecesariamente, la valía de la obra de Menéndez Pelayo ni, tampoco, de mostrar un torpe orgullo nacional; sino, quizá, de proponer que se relea su obra a la luz de la Literatura Comparada y de las teorías de la recepción, a la par que se reconozca en ella aquel germen de una vía de estudio a que me referí más arriba, y que ha dado (aparte de trabajos parciales, artículos, congresos, etc.) obras como las de John Eugene Englekirk, Edgar Allan Poe in Hispanic Literature (1934); Alfonso Par, Shakespeare en la literatura española (1935); Marcel Bataillon, Erasmo y España (1937); Francisco Sanmartí Boncompte, Tácito en España (1951); Arnold Armand del Greco, Giacomo Leopardi in Hispanic Literature (1952); Julio Pallí Bonet, Homero en España (1953); Robert Pageard, Goethe en España (1958); Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España (1967); Udo Rusker, Goethe en el mundo hispánico (1977); Francisco Lafarga, Voltaire en España (1734-1835) (1982); Jean-Pierre Simon-Pierret, Maeterlinck y España (1983); Francisco García Tortosa, Joyce en España (1994 y 1997); Monique Allain-Castrillo, Paul Valéry y el mundo hispánico (1995); Roxana Recio, Petrarca en la Península Ibérica (1996) y Emilio Barón Palma, T. S. Eliot en España (1996), por ejemplo. No en vano el autor de Erasmo y España no pudo menos que iniciar el segundo párrafo del prefacio de su libro -justo reconocimiento- citando a Menéndez Pelayo.

No creo, pues, preciso en estas páginas volver la vista por más espacio al trabajo de Menéndez Pelayo como historiador de la literatura y de la traducción, tema este último del que ya me ocupé en mi Aproximación a una Historia de la Traducción en España (Cátedra, Madrid, 2000). Se trataba, sin más, de proponer la vigencia de gran parte de su obra y, quizá, una nueva perspectiva desde la que reconocerle su importancia.




© Grupo de Investigación TRADIA-1611, Departamento de Filología Española y Departamento de Traducción,
Universidad Autónoma de Barcelona | Grupo de Estudios de Traducción «Inca Garcilaso de la Vega»,
CIEHUM, Universidad Nacional de Rosario


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